lunes, 17 de agosto de 2009

CONFESIONES AL MARGEN

De pronto le tuve un pánico indecible a César Vallejo y un horror sin número a Martín Adán. Así de pronto, cuando me sentí perseguido, amenazado por sus palabras imposibles de evitar. Adonde iba, estaban ahí: Vallejo con su frente de mundo, Adán con su mirada universal.

Todo junto y al mismo tiempo una sensación de paraje inacabable al que me sometían sus voces: “corre, corre -me decían-, aquí se queda el tiempo”. Y el tiempo se quedó detenido una noche en que los vislumbré tan cerca de mí, que ya no me percaté más de su presencia.

Algo se acabó o algo comenzó a crecer desde esa vez: las ventanas se convirtieron en puertas, las puertas en calles, las calles en ciudades, las ciudades en mundos que giraban a mi alrededor, como si fueran naciendo a cada momento, a cada mirada, a cada palabra.

“Murió mi eternidad y estoy velándola”, decía Vallejo.
“Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo”, replicaba Adán.

Y el río que fluía de ambos era mar, océano, cielo. Y nada más. Todo era sencillo, no cabían más palabras, la música zozobraba. Las cuerdas se quebraban como enloquecidas por un ritmo más antiguo que todos: el silencio.

Ese silencio que asume las formas de la noche y edifica torres, catedrales, montañas que no acaban. Vallejo y Adán. ¿Si alguna vez pudieron decirse algo, qué se dijeron?

“Sé que hay una persona que me busca en su mano día y noche…”
“Y una mano sobre otra mano
Y una palabra sobre otra palabra
Y una piedra sobre otra piedra…”

Y entonces, las palabras fueron compañeras; aparecieron y desaparecieron al mismo tiempo que otro mundo ejercía su dominio y doblegaba las formas del origen y las transformaba en cientos y miles de expresiones distintas. Aparecieron otras voces, también compañeras, y los hermanos mayores fueron eso: hermanos mayores caminando por el mundo con nosotros y en nosotros.

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